La Gaceta (Experiencia en el aula): El huerto escolar y las relaciones intergeneracionales


El huerto escolar y las relaciones intergeneracionales

Los escolares del CEIP Ejido de Jaraiz de la Vera aprendieron a cultivar las verduras de mano de los abuelos colaboradores del proyecto, con el que descubrieron también la importancia de la agricultura para la economía local

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16/03/2021 | Laura González Alonso, maestra en el CEIP Ejido de Jaraiz de la Vera

La realización de un huerto escolar nos puede ayudar a comprender, no solo la importancia de la agricultura en nuestro entorno social y/o familiar, sino, también, a estrechar lazos con personas mayores, pues serán ellas, precisamente, quiénes mejor puedan mostrarnos la idoneidad de unos cultivos u otros, su elaboración y seguimiento, etc. Poder nutrirnos y aprender directamente de su conocimiento y experiencia es una oportunidad que no deberíamos dejar escapar.

Laura Gonzalez. (Cedida)

¿Cómo surgió la idea?. Pues tras llevar poco más de un curso en el CEIP Ejido de Jaraiz de la Vera observé que una zona del mismo no se utilizaba. En un principio estaba reservada para un parque de Educación Infantil (de hecho, se hicieron los servicios y se hormigonó una zona para colocar unos columpios), pero la idea finalmente no se desarrolló, quizá por falta de presupuesto o porque, para acceder, hay que utilizar obligatoriamente unas escaleras.

Sea como fuere, lo cierto es que disponíamos de un lugar bonito, amplio y con luz directa perfecto para ubicar el huerto.

Desde mi llegada al centro, siempre tuve la intención de abrirlo más, dar a conocer nuestras actividades y, al mismo tiempo, que hubiera una correspondencia con otras parcelas sociales y con el entorno, con objeto de que el alumnado pudiera desarrollar actividades más allá de lo académico y, de igual manera, que pudieran incorporar otro tipo de enseñanzas fuera de las aulas.

Puntualmente, comencé a colaborar con algunos miembros u organizaciones de la Comunidad como la guardería, otros centros educativos de localidades cercanas o el grupo senderista de nuestro municipio.

Los escolares con su maestra y algunos abuelos colaboradores. (Cedida)

Con la realización de un curso sobre ‘La escuela basada en proyectos’ a cargo de un docente del instituto de Jarandilla de la Vera, pude conocer las bondades de los programas intergeneracionales y comprender que su implantación enriquecería enormemente a las personas que formamos la comunidad educativa. De ahí la idea de unificarlo con el desarrollo del huerto. Ambos objetivos aportarían grandes beneficios y un aprendizaje mucho más profundo del que cabría esperar de una actividad aparentemente simple.

El planteamiento cobraba, pues, otro matiz, al incorporar al proyecto la experiencia de las personas mayores de nuestra población.

En algunos momentos tengo la sensación de que los aspectos formales de algunos programas suelen hacer que renunciemos a ellos antes de empezar, por eso, mi idea, más informal, fue bien acogida por el claustro y contó con más apoyos para desarrollarla.

Durante los dos cursos siguientes solicitamos a la Consejería que nos dotasen con el material necesario para ponerlo en funcionamiento pero, aunque incluso llegamos a elaborar un proyecto, el permiso no se nos concedió.

A título personal (y con la ayuda del alumnado de mi clase) decidí, no obstante, adecentar la zona para, al menos, poder utilizarla como punto de lectura y actividades varias.

En el curso 2018/2019, previa solicitud, La Junta de Extremadura, en colaboración con el Ayuntamiento, nos concedió varios árboles y plantas aromáticas que decidimos aprovechar para poner en marcha el huerto.

¿Qué necesitábamos saber antes de comenzar?

Antes de comenzar quería hacer comprender a mi alumnado dos aspectos fundamentales:

Lo primero, la importancia de la agricultura en nuestro entorno.

Para ello, lancé la siguiente pregunta: ¿Es importante la agricultura en la economía local y familiar?

Les pedí que, además, lo plantearan en sus casa y, al finalizar la semana, pudimos comprobar cómo, en mayor o menor medida, muchas de las familias de nuestra clase vivían directa o indirectamente del campo.

Tras este análisis de nuestra realidad realicé otra pregunta: ¿Te gustaría saber lo importante que es para muchas familias la agricultura? ¿Te gustaría conocer y aprender cómo funciona un huerto?

Les animé, como la semana anterior, a que cuestionasen la importancia de los huertos familiares y los cultivos extensivos que podemos encontrar en torno a nuestra localidad y, de nuevo, hicimos una puesta en común.

Como docente les hice ver que vivimos en un entorno privilegiado, donde la agricultura juega un papel muy importante, no solo a nivel global (zona tabaquera, pimentonera, cerecera,...) si no también, a nivel familiar.

Por ejemplo, muchas familias, gracias al huerto que poseen pueden disfrutar, no solo de ciertos alimentos más saludables y de temporada sino que, también, supone un ahorro considerable y, por lo tanto, un respiro a su economía.

Es importante para mí concienciar a mi alumnado de que: "la agricultura desempeña un papel crucial en la economía de un país; es la columna vertebral de nuestro sistema económico; no sólo proporciona alimentos y materias primas, sino también oportunidades de empleo a una importante cantidad de población.”

El segundo aspecto que quería señalarles es el de la riqueza que nos aporta escuchar a nuestros mayores. Para esto, hablamos de las fuentes de transmisión oral y de la gran cantidad de historias, leyendas y saberes que conocemos gracias a ellas, a la importancia de escucharnos unos a otros.

¿Qué necesitaban saber las familias?

Generalmente, estamos muy preocupados por las actividades curriculares y, en algunas ocasiones tenemos que justificar debidamente su realización. Les expliqué que, aunque se desarrollaría mayoritariamente en las clases de ciencias sociales y naturales (conociendo los sectores económicos y los tipos de planta y cultivo), sería una actividad transversal, pues también se trabajaría en Lengua (tendrían que expresarse oralmente con el docente y los compañeros) y en Matemáticas (a la hora de tener que realizar una maqueta del huerto escolar, conocer las medidas y las escalas, etc).

Entre las familias, por ejemplo, tuvo muy buena acogida que la actividad final del primer curso (2018/2019) no fuera otra que hacer una ensalada con los vegetales del huerto y comerla en el aula.

Curiosamente, algunos niños y niñas nunca habían probado en sus casas la lechuga y, a partir de este día, comenzaron a hacerlo.

¿Cuál sería el siguiente paso?

Antes siquiera de saber si nos concederían las plantas, planteé en mi aula el reto de realizar una maqueta del huerto.

En grupo, decidimos el número de zonas en las que nos gustaría dividir el espacio y dónde situarlas.

Por equipos, trabajaron con todos los materiales de que disponemos en el aula y algunos que trajeron de casa (cartón, plastilina y palillos,...) Finalmente, por turnos, lo fuimos uniendo sobre un cartón.

¿Qué haríamos durante la concienciación?

Antes de recibir las plantas, teníamos dos tareas previas:

En primer lugar debíamos buscar colaboración.

Y a continuación teníamos que preparar el espacio para que la plantación fuese viable.

Para el primer aspecto pedimos ayuda al A.M.P.A. Rápidamente tuvimos la respuesta de tres abuelos de diferentes alumnos y alumnas del centro.

La segunda tarea la solventamos con el alumnado, ya que no se nos podía dar ayuda externa y contratar a una empresa no era viable debido al presupuesto, así que, durante varios días, fuimos arrancando las hierbas hasta conseguir quedarlo, aunque no perfecto, sí lo suficientemente bien adecentado para el cultivo.

¿Y la plantación para cuando?

A lo largo del tercer trimestre del primer curso, nuestro huerto empezó a tomar forma.

Acordamos con los abuelos colaboradores que nos acompañasen los lunes, miércoles y viernes de 10:00 a 11:45 horas.

Realizamos un horario, firmamos un acuerdo de colaboración, enviamos a las familias un documento explicativo sobre lo que teníamos pensado desarrollar y la autorización que debían devolver si querían que sus hijos e hijas participasen. Algunos se quedaron fuera por las alergias y el miedo al trabajo con herramientas (ninguna peligrosa ni utilizada sin supervisión). Por mi experiencia personal he de decir que generalmente el alumnado con alergias más severas no se queda fuera y participa, aunque sea con tratamiento y mascarilla.

Las primeras semanas fueron de toma de contacto, para conocerse entre sí, charlar, preguntarles a los alumnos lo que querían hacer, cómo esperaban hacerlo, qué hacían ellos cuando tenían su edad, qué tareas tendríamos cada uno de los que participábamos, etc,...

Seguidamente, acondicionamos una pequeña zona para el huerto y decidimos dónde irían el resto de plantas.

Destacar que, dentro del proceso, fue muy estimulante recibir la colaboración externa. Por ejemplo, las plantas y semillas para esta primera zona las conseguimos con donaciones familiares, de los colaboradores y de algunos docentes. Las herramientas fueron cedidas por el Ayuntamiento y algunos docentes, así como el abono; la goma para el riego corrió a cargo de un abuelo…

Contar con ellos sirvió para que quedara patente que, si nos unimos, podemos implementar muchas más iniciativas que, de forma individual, resultarían muy costosas o casi imposibles.

Cada día, el alumnado hablaba con los abuelos sobre el proceso de plantación y poco a poco se convirtió en rutina hablar de recetas que se elaboraban con las verduras y hortalizas que teníamos. También nos hablaban de lo que comían ellos de pequeños y observábamos la diferencia en los hábitos alimentarios y formas de cocinar.

En este breve espacio de tiempo he podido comprender que con el establecimiento de actividades rutinarias apoyadas en mayores de nuestro entorno, los abuelos adquieren un valor especial, se asumen roles y se enriquecen las relaciones sociales.

Este primer intento de huerto quedó bonito y variado, pero debido a la calidad de la tierra, las plantas crecieron mucho pero dieron pocos frutos.

Recogimos lechugas y cebollas, algunas fresas y judías verdes.

Al alumnado le pareció muy curioso cómo brotaban los distintos tipos de flores, pero también lo rápido que se caían y aparecía el fruto.

También pudimos observar, cómo algunas plantas se secaban e incluso cómo otras, aunque crecieron, dieron pocos frutos. Pudimos, de esta forma, analizar qué fallos habíamos cometido (quizá la prisa con la que quisimos poner en marcha el proyecto, sin haber tratado antes los espacios dedicados) y esto fue también muy interesante, porque nos paramos a pensar, buscar causas, reflexionar en gran grupo, preguntar no solo en el colegio, si no también en casa o incluso a conocidos, como una alumna que se acercó a casa de un vecino que tiene una plantación de pimientos y le preguntó por qué nuestras pimenteras no habían echado ni un pimiento con lo grandes que eran.

Pero, indiscutiblemente, el mejor fruto fue asistir a una colaboración tan bonita, con unas relaciones tan naturales. El tiempo vivido con estas personas, que de manera altruista nos han ayudado, ha hecho que se fortalezca la figura de los abuelos entre el alumnado.

El segundo curso, ¿intentamos un proyecto más ambicioso?

Los buenos resultados del curso anterior hicieron que el curso 2019/2020 el huerto tuviese un lugar destacado en nuestro Plan de Centro.

Se creó un grupo coordinador y, tras acordar lo deseado, nos reunimos con los tres abuelos que seguían dispuestos a colaborar.

Este segundo año intentaríamos mantener los árboles y plantas aromáticas anteriores, realizar una plantación mayor, cambiar la ubicación del huerto y tener nuestro propio semillero.

Cambiar su ubicación inicialmente fue complicado porque costó conseguir implicación externa para lograr un camión de tierra y mejorar el estado del lugar. Nos encontramos que había sido rellenado como una escombrera, había cascotes de obra y cristales. Quitamos todo lo que pudimos y cubrimos con la nueva tierra. Nuestros mayores nos enseñaron cómo preparar la tierra antes de comenzar para obtener los mejores resultados posibles. Nos mostraron remedios caseros, naturales, utilizados durante toda la vida, que habían sido enseñado por sus padres, que respetaban la naturaleza, y lo más importante, que podían ser puestos en prácticas por el alumnado sin peligro alguno. Así realizamos una mezcla de vinagre y agua para secar la grama.

Entre todos, tras los consejos dados para ubicar el semillero, decidimos el lugar. Debía dar el sol y tener buena tierra (haber producido buenas plantas el curso anterior). El alumnado no tuvo dudas y eligieron el lugar que los abuelos habían preseleccionado. Recogimos piedras e hicimos una pequeña pared y dividimos las zonas para las diferentes plantas.

En este curso tuvimos más de cien plantas de lechuga y un semillero excelente. La primera quincena de marzo hicimos los surcos y comenzamos la plantación (patatas, calabazas,...) pero debido a la situación que vivimos el alumnado solo pudo comprobar cómo seguía nuestro huerto gracias a las fotos enviadas por la conserje que continuaba manteniéndolo. Ni siquiera pudieron observar el efecto de la colocación del plástico sobre las plantas.

A pesar de las dificultades tenidas, de los sinsabores, la colaboración establecida entre el alumnado, los docentes y los abuelos hace que merezca la pena. Estos dos cursos hemos aprendido que aprender a relacionarse con personas de diferente edad, a respetar o a escuchar es tan importante como conocer las diferencias de un huerto de invierno o verano o las partes de la planta. La ternura de las palabras o la pena por no poder verse un día de lluvia han inundado nuestros corazones.

Fotogalería

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