La Gaceta (Artículos): Los libros son los puentes a la libertad


Los libros son los puentes a la libertad

Después de un libro, ya nunca serás la de antes. Leer nos tiende puentes a la libertad, que no es poca cosa. Las añoranzas de lecturas infantiles están en mi porque los libros que utilizaba eran de papel, en esos años la tecnología era casi inexistente y no había, al menos en mi mundo, ningún tipo de dispositivo digital que te permitiera leer y, claro, yo no puedo asociar el deleite de mis lecturas a un ebook

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14/06/2022 | Olga Paredes Astillero. Jefa Dpto Lengua, IES Luis Chamizo, de Don Benito

Durante mis casi tres décadas como profesora de Lengua Castellana y Literatura en diferentes institutos de la región he podido comprobar cómo ha habido un paulatino deterioro en la calidad del trabajo de los alumnos en cuestiones de lectura y escritura y eso ha provocado que, poco a poco, las exigencias del profesorado vayan siendo menores.

Olga Paredes Astillero. (Cedida)

Puede que la primera imagen que recuerdo de mi amor por los libros esté relacionada con los septiembres de mi infancia en donde mi padre forraba los que iban a ser los libros de texto de todo un curso, y no es que yo quisiera volver a las clases después de un placentero verano, pero el olor del plástico en contacto con las pastas de libros nuevos era...

Es la señal de que una llega a ese armario de Narnia y, traspasada la puerta, ya no hay vuelta atrás porque apareces en otros mundos y empiezas a pertenecer a cada uno de esos sitios. Después de un libro, ya nunca serás la de antes. Leer nos tiende puentes a la libertad, que no es poca cosa.

Todas estas añoranzas de lecturas infantiles están en mi porque los libros que utilizaba eran de papel, en esos años la tecnología era casi inexistente y no había, al menos en mi mundo, ningún tipo de dispositivo digital que te permitiera leer y, claro, yo no puedo asociar el deleite de mis lecturas a un ebook

Desde luego, no es mi intención polemizar ni radicalizar mi postura de la defensa del libro en papel, pero me siento obligada a hacer un pequeño alegato de los libros de toda la vida, de las bibliotecas que los custodian y de las librerías que los comercializan. Entiendo la coexistencia de los dos soportes porque así lo requiere el avance de los tiempos, aunque no comparto la postura de aquellos que pretenden la sustitución casi total del libro en papel con un discurso esnobista e irreal y, menos todavía si son docentes, los abanderados de los libros electrónicos como sustitutos totales de los libros en papel. 

Durante mis casi tres décadas como profesora de Lengua Castellana y Literatura en diferentes institutos de la región he podido comprobar cómo ha habido un paulatino deterioro en la calidad del trabajo de los alumnos en cuestiones de lectura y escritura y eso ha provocado que, poco a poco, las exigencias del profesorado vayan siendo menores. 

Si nos detenemos en la escritura desde aspectos puramente caligráficos, los educadores hemos ido constatando cómo cada curso se ha descuidado un poco más la presentación de cualquier escrito. Si nuestros antiguos maestros recogieran algunos de los trabajos, exámenes o cuadernos que se estilan hoy en día hubieran acabado en la papelera. 

"Todo vale para no desmotivar"

Estamos sumidos en la corriente “del todo vale para no desmotivar” y esto afecta a los diferentes planos del aprendizaje, porque el trabajo bien hecho, en cualquiera de sus facetas, necesita un esfuerzo y un tiempo que no todo el mundo está dispuesto a invertir.

La limpieza de un escrito, la correcta ortografía y una buena letra, al menos legible, dice mucho de cada persona. Igual que uno sale de casa con una higiene y un vestuario adecuado porque es nuestra primera carta de presentación, la caligrafía muestra la manera de comunicar los conocimientos o el modo de acercar a un receptor cualquier idea o sentimiento que se pretende expresar, y eso se hace con educación que, en cierto modo, es cómo yo entiendo la caligrafía. 

Vivimos en los tiempos de la prisa en donde abundan las imágenes. Se toman pocos apuntes, no se escriben cartas y hacer dictados está pasado de moda. No sabemos si siguen existiendo adolescentes incomprendidos que escriben diarios o viajeros con moleskine o con cuadernos. Hoy, una foto del móvil sustituye cualquier atisbo de escritura que está quedando relegada a tareas menores: la lista de la compra, las chuletas de los alumnos, los rayajos de los pupitres, etc. Parece que detenerse a escribir fuera perder el tiempo. Tiempo que se necesita para seguir pendiente de una pantalla, por supuesto. 

En cuanto a la escritura como acto creativo, mi experiencia es aun peor. He visto cómo los clásicos certámenes de poesía o narrativa para adolescentes que convocaban los departamentos de Lengua de los institutos se han ido pasando de moda. Concretamente, en mi centro de trabajo, el IES Luis Chamizo de Don Benito, hubo que cambiar un tradicional concurso de poesía por otros más livianos como son los de microrrelatos y los de bookface porque cada vez había  menos participación y con textos de ninguna calidad. 

Si la escritura y la lectura presentan una vinculación indisoluble y hay un hecho objetivo que es lo poco que se lee, entenderemos que nuestros alumnos de Secundaria de ahora tengan problemas de compresión, expresión, ortografía, etc. No solo los de Secundaria, por supuesto los de Primaria, los universitarios y hasta los graduados. Solo hay que revisar carteles, periódicos, faldones televisivos, redes sociales y mensajes de whatsapp para comprobar que ‘escribir bien’ cada vez le importa a menos gente, es como si fuera anticuado. 

Si eres deportista de éxito, influencer, youtuber, etc. da igual que no leas o que no escribas correctamente, porque tu éxito reside en otros valores que son los que la sociedad de hoy asume como importantes.  El caso es que los libros tienen un ejército de enemigos de diferentes bandos. Me los imagino solos en la batalla en medio de un fuego cruzado esquivando las balas. Esta es la realidad en la que nos movemos los protectores de los libros, además resulta paradójico que algunos de esos enemigos sean los de su propio bando y me refiero a aquellos que abanderan la lectura, pero solo si se hace de forma digital, sí “esos que son el coro de los grillos que cantan a la luna” que diría Machado. 

Claro que ‘los tiempos avanzan que es una barbaridad’ y hay que ‘renovarse o morir’, pero no tanto como que toda la lectura sea digital y recreo un día cualquiera de mis clases en donde los alumnos saben que les toca lectura en su  portátil y así podríamos empezar por los que han olvidado su ordenador en casa porque lo sacaron de la mochila, porque pesaba mucho o los que ¿puedo ir al informático porque…y de paso voy al baño? o ¿cómo se buscaba el enlace? o no me acuerdo de la contraseña o a mi no se me descarga o no me va la wifi o no tengo batería y la alargadera está a rebosar de cables o no me he traído el conector o, ya para lo que queda ... ¿puedo recoger? 

Defender los libros de papel

Estas situaciones tan cotidianas como reales son frustantes en demasiadas ocasiones y no puedo hacer otra cosa que defender los libros de papel, esos de los de toda la vida, esos en los que metes papelitos o anotas el nombre en la primera página de los personajes. 

Tengo una alumna que hace grupitos de páginas de lo que programa que se leerá cada día y esas agrupaciones las separa con unos ‘post-it’ de colores tan bonitos que dan ganas de leer según tus preferencias cromáticas, primero el rojo y después el lila, sin tener en cuenta el orden real, como hacer un propio Rayuela emulando a Cortázar. 

Me gustan esos alumnos que tienen sus marcapáginas particulares o sus clips de paragüitas o caritas sonrientes, aquellos que forran sus libros y ponen su nombre en pegatinas porque todo eso es cultura del orden, de la limpieza y del cariño para que los libros no se estropeen. Me caen bien las personas que cuidan los libros y me siento premiada cuando antiguos alumnos me dicen que la primera vez que les había gustado un libro fue alguno de los que yo les recomendé y lo tienen gastado de tanto releerlo. Es entonces cuando creo que no todo está perdido. 

Como apoyo de esta defensa de los libros tradicionales, recuerdo un informe de PISA de mayo de 2021 titulado: ‘Los adolescentes que leen en papel mejoran su comprensión frente a quienes lo hacen en pantalla’, según este estudio existe primero una gran diferencia entre los estudiantes que leen libros con los que no leen casi nunca o nunca. Pero hay otra diferencia significativa, relacionada con el formato de lectura: los que escogieron el papel frente a lo digital salieron ganando. 

Además, el estudio incluye que la competencia de los alumnos españoles de 15 años en comprensión lectora es menor que los de otros países de su entorno. Estos datos asustan, pero no son más que el reflejo de lo que los educadores estamos viendo cada día en nuestras aulas. 

Hace poco he leído que un profesor de Lengua de la ESO (Daniel Villacastín) propone que la mejor evaluación inicial es llevar fotocopiado un texto el primer día y pedir a los alumnos que lo lean en alto por turnos y luego hacerles unas preguntas sobre ese texto, esto es automatismo de lectura y comprensión lectora. La conclusión de la prueba, y copio literalmente las palabras del profesor: “El resultado asusta bastante y acabas acordándote de los… de los que pensaron que era buena idea meter pantallitas y jueguecitos en las aulas. Que Dios les perdone el mal que ha provocado”. 

Comencé diciendo que no se trata de radicalizar posturas en cuanto a la lectura digital y la lectura en libros tradicionales, pero sí de reivindicar que no podemos abandonar la lectura en papel, tan infravalorada por algunos. Costó muchos siglos haber llegado a la imprenta y que esta facilitara la propagación de la cultura que es, en definitiva, uno de los propósitos mayores de la lectura, junto con el poder sanador de la misma. 

Juan José Millás en su obra autobiográfica El Mundo, sostiene que "la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas". Con la lectura ocurre algo parecido porque, frecuentemente, es sanadora del alma. Creo que una mayoría de autores concibieron sus obras para que fueran publicadas en libros de papel, por eso leerlos en ese formato se ajusta mejor a lo que ellos mismos quieren transmitirnos, si, además, los libros son ilustrados, el papel es, sin duda, el que mejor nos acerca al escritor. 

En este sentido, hay un aspecto que no debemos desconsiderar y es la fragilidad de los libros y el cuidado que estos necesitan si pretendemos que perduren en el tiempo. Reseño aquí, como ejemplo de los cuidados físicos de los libros, el trabajo que la profesora Lara Fernández Rodríguez viene haciendo en el IES Reino Aftasí de Badajoz en cuanto a la conservación de los libros. Esta profesora dirige lo que ha llamado Sanatorio de Libros que no es otra cosa que arreglar las distintas partes de un libro deteriorado: desmontar el lomo para mejorarlo, poner guardas nuevas, prensar las hojas, rehacer tapas, sustituir colas antiguas, cambiar viejas portadas; en resumen, trabajar todo lo que pueda mejorar cada ejemplar estropeado. 

El Sanatorio de Libros es una de las numerosas actividades con las que Lara Fernández ha contribuido en sus años de docencia al fomento a la lectura. Conseguir que los adolescentes lean algo más que los cuestionados listados de lecturas obligatorias de los centros, no es tarea fácil. El amor a los libros no se impone, se contagia. Y qué mejor manera de amar los libros que esmerarse en su salud. Sí, en todo, la salud es lo primero y ese es el trabajo del que se ocupan los profesores que forman parte de este ‘proyecto hospitalario’. Por eso necesitamos profesionales que se preocupen de los libros y que velen por sus cuidados. 

Debemos volver a las bibliotecas, tenemos que llevar a nuestros alumnos a las bibliotecas y quitar las cerraduras de las puertas de las vitrinas para que los libros puedan ser tocados y hojeados ya que eso ayudará a quitar las cerraduras mentales porque los libros son los puentes a la libertad. Hay que buscar el equilibrio de la modernidad con la tradición. 

Si el papiro, el pergamino y la imprenta aceleraron el acceso a la lectura y a la cultura, en la actualidad Internet permite a cualquier usuario disponer de los libros que desee. Sin embargo, el almacenamiento casi ilimitado de las nuevas tecnologías no debe hacernos olvidar que la acumulación de conocimientos no constituye la sabiduría. 

Para finalizar, me quedo con una cita de Irene Vallejo que, en su línea de alternar el pasado, el presente y el futuro escribe: "El papel convive armoniosamente con sus hermanas de luz, las pantallas, pero posee un aura que los apasionados de la literatura amamos y reconocemos". Manifiesto por la lectura. Siruela, 2020.

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